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El Correo de los Cuatro Vientos: Ecos de Tlatelolco
Alberto “Coyote” Ruz Buenfil reflexiona sobre su último libro, un homenaje a Antonio Velasco Piña y un lugar singular a través del tiempo
By Alberto Ruz Buenfil Posted in Activismo, Cambio social on 22 octubre, 2021 One Comment
Un viaje por las culturas ancestrales durante la pandemia que sacudió al mundo Previous Arte para Respirar: Un Festival con Causa Next

Mi primer encuentro con el Maestro Antonio Velasco Piña tuvo lugar durante el lanzamiento de su obra más conocida, “Regina, 2 de Octubre no de Olvida”, que tuvo lugar en el auditorio de la librería El Sótano, ubicado en la avenida Migue Ángel Quevedo en un barrio de la Delegación Coyoacán, entonces Distrito Federal.

Poco imaginaba de las consecuencias de ese encuentro cuando me firmó una singular dedicación de su libro: “Que cumplas tus más elevados anhelos…”Era el año 1988, y había sido encargado por la directora de la Revista “Natura” para la cual colaboraba frecuentemente, de escribir un reportaje sobre su autor y la obra. 

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Alberto Ruz Buenfil con su nuevo libro, Correo de los Cuatro Vientos ”(Cartero de los Cuatro Vientos)
(Foto cortesía de Alberto Ruz Buenfil)

Pocos meses después, una vez leído el libro y el artículo sido publicado, tuve la intuición de que en el futuro, mi vida y la de ese personaje singular se seguiría cruzando, para siempre. 

Poco conocía entonces de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, y apenas recordaba que décadas antes, cuando apenas contaba con unos 19 añitos, mi padre me había llevado a conocer el sitio arqueológico en el que estaba realizando unos trabajos de reconstrucción de algunos de los principales monumentos de dicho centro. 

Acostumbrado a sus trabajos anteriores en los imponentes y magníficos sitios de la Zona Maya, ubicados en los tres estados de la península de Yucatán y en los vecinos estados de Chiapas y Tabasco, Tlatelolco no me causó una mayor impresión por su arquitectura. Sin embargo a la distancia de los años, no puedo negar, que ese primer encuentro más bien me produjo sensaciones difíciles de explicar, pero definitivamente nada agradables o inspiradoras. Más bien de repudio al lugar, algo de miedo e incluso de unos extraños escalofríos.

Años después, en el 68, cuando tenía ya 23 años, no estuve presente ni en las manifestaciones, enfrentamientos y marchas contra el gobierno represor de Gustavo Díaz Ordaz, ni en México ni en la Plaza de las Tres Culturas como muchos de mis compañeros de la Universidad, pues me había involucrado desde inicios de ese año en los movimientos sociales y estudiantiles que se estaban dando simultáneamente en la mayor parte de las grandes capitales del llamado primer mundo. Especialmente en Francia y en Los Estados Unidos. 

Ese año, a la distancia de las décadas, ha sido definido como un parteaguas de dos ciclos históricos diferentes, y la razón porque la que no pude estar en México ni tomar parte de los acontecimientos que ahí se estaban llevando a cabo, fue porque desde el mes de mayo me encontraba inmerso hasta el cuello en el mismo el corazón de las revueltas del “Movement” contra la Guerra de Vietnam, por los derechos de los afroamericanos contra el “Establishment” que estaban teniendo lugar en Norteamérica, especialmente en California, Washington, Nueva York y Nuevo México. 

Fue por ello que tampoco fui testigo de la masacre el día 2 de octubre del año 68, precisamente en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, que marcó a toda nuestra generación en México. Mi papel fue en ese momento el de volverme corresponsal y dar a conocer tanto lo que sucedía en el Norte  como en México, y vincular las revueltas estudiantiles juveniles con los demás movimientos sociales y culturales  que se estaban dando en el resto del mundo.  Ese día, las Fuerzas Armadas Mexicanas abrieron fuego contra civiles desarmados, muchos de ellos estudiantes, matando a un número desconocido, con la mayoría de las estimaciones entre 200 y 400.

Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco (Foto: Piqsel)

Diecisiete años después, mi vida una vez más se cruzó con Tlatelolco de una manera poderosa.

Al cumplir los 40 años, en el mes de septiembre de 1985, retornando de un largo exilio voluntario que me llevó a cuatro continentes, me encontraba en el sexto piso del edificio en el que vivía Blanca Buenfil, mi madre, en la Avenida Río Mixcoac, visitándola con mi pequeña hija Ixchel y su madre, Sandra Comneno, cuando la tierra se sacudió como nunca antes ninguno de nosotros lo habíamos experimentado en nuestras vidas.  

Grandes sectores de la gran metrópoli del Distrito Federal se vieron reducidos en pocos minutos a un territorio urbano que hubiese sufrido un bombardeo brutal por algún poderoso enemigo desconocido. Se trataba de dos terremotos seguidos, que en acabaron con la vida de más de 40 000miles de personas, dejando cicatrices en la memoria herida de varias generaciones. 

Y en esa ocasión, de nuevo volví a acercarme al corazón del centro habitacional de Tlatelolco, en el que habían colapsado los mayores edificios del mismo, causando de nuevo una tragedia que afectó la existencia de innumerables ciudadanos de ese mismo barrio, situado en el centro-norte de la capital.

Para entonces, habíamos fundado con un grupo de artistas y activistas sociales nuestra pequeña aldea ecologista en el estado de Morelos, así como una red de grupos afines en todo el país, y de nuevo me di a la tarea de dar a conocer al mundo por medio de mis comunicados, artículos, reportajes, que la terrible tragedia humana había tenido además de los efectos destructivos producidos por el pavoroso movimiento telúrico de una magnitud de 8.1 de la escala de Richter.

Fui de nuevo un testigo-activo de cómo los temblores del 85 dieron a la creación de un nuevo actor en el panorama histórico del país, la Sociedad Civil.

Tres años más tarde, de nuevo en mi calidad de testigo, la vida me llevó al auditorio de la librería El Sótano, donde, como inicié este relato, mi camino se cruzó con el del polémico autor de una docena de libros, entre ellos, el que describió la matanza del 2 de octubre con un componente que ninguno de los otros ensayos, reportajes, documentales y libros de centenares de historiadores, periodistas y gente de los medios había antes tocado.

El componente de dar visibilidad a un movimiento de carácter espiritual, guiado por un personaje misterioso llamada Regina.

Si desde mi juventud me había involucrado en una serie de los más variados movimientos político-sociales de mi tiempo, no solo en México sino en centro y Norteamérica, el Caribe, la mayor parte de los países de Europa, Noráfrica, Medio Oriente y parte de Asia, la lectura de ese y otros libros del Maestro Velasco Piña vinieron a sacudir como un temblor interno, lo más profundo de mi consciencia.

Ello me llevó a comenzar a comprender que ese componente, que había ya comenzado a reconocer y experimentar por más de una década de viajes por el mundo, debido a mi contacto vivencial con las manifestaciones culturales, religiosas y espirituales hebraicas, islámicas, cristianas, hinduistas, budistas, sufís, bahá´i y la santería caribeña, así como las ligadas a otras corrientes espirituales más recientes como la teosofía, antroposofía y el cuarto camino Gurdjeviano, entre otras, y que ahora también me llevaron a acercarme a otras manifestaciones culturales propias de las Américas.

LLegué a conocer los orígenes y prácticas del sincretismo cristiano-mexica, la danza conchera y la danza azteca, a aprender de las enseñanzas de los abuelos y abuelas maya quiches, maya lacandones, wirrarikas, raramuris, totonacas, ñañus, rastafaris, así como a participar de las hasta entonces desconocidas y prohibidas ceremonias de los pueblos y naciones americo-indigenas en distintos territorios de lo que ahora conocemos como las regiones del oeste y centro de los Estados Unidos del Norte. 

Camino que nos llevó, con mis hermanos de la tribu multicultural nómada que fuimos formando, a convivir otros cuatro años con pequeños grupos y guias tradicionales de las naciones dakota y lakota, hopi, pomo, dineh o navajos, apache, klamath y salish del Canadá.                

Durante ese largo peregrinaje y en contacto con algunos de sus últimos guardianes por el mundo, que nos tomó varias décadas, en cierto momento nos encontramos formando parte del “Consejo de Visiones” de una nueva Nación compuesta de muchas naciones, que se autobautizó como una profetizada por muchos pueblos “Nación del Arcoíris.”   

Fue así que cuando nos encontramos en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco el 2 de octubre de 1988, en un evento convocado por el Maestro Velasco Piña, llamado el 1er Ritual Olmeca, que comencé a experimentar y comprender la profundidad y simplicidad de sus enseñanzas, y a reencontrarme con los iniciadores de los círculos de quienes se reconocían como integrantes de una Nueva Mexicanidad, no sectaria, ecuménica, multi-color, multiétnica e incluyente. 

Alberto Ruz, fotografiado en una conmemoración de la Masacre de Tlatelolco, camina entre Helen Samuels y Antonio Velasco Piña (de izquierda a derecha) (Foto cortesía de Alberto Ruz Buenfil)

No tuve entonces la menor duda de que finalmente, la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, me había traído de nuevo a contribuir, con mis propias experiencias y contactos, para cumplir con una nueva etapa de mi destino de vida. 

En ese mismo año, llegó a nuestra aldea en el estado Morelos en mi búsqueda, un hermano-reconocido guía espiritual de España, llamado Emilio “Miyo” Fiel a quien había conocido tres años antes en la comunidad fundada por él, llamada Arcoíris, con el propósito de realizar un peregrinaje juntos a los desiertos de Wirikuta, más precisamente a Real de 14, estado de San Luis Potosí, sitio sagrado de la nación Wirrárika-huichola, convocados por un personaje mítico que él llamó: Don Hikuri-Mezcalito.

Con una docena de jóvenes de nuestra aldea, realizamos en el mes de noviembre del 88, un peregrinaje y una ceremonia y velación que duró toda una noche, en la cima del Cerro del Quemado, en la cual sellamos un pacto de alianza para construir un puente espiritual, el Puente de Wirikuta, para unir el corazón de Meshico con el corazón de Hispania. 

Fue entonces que decidí comenzar a escribir un nuevo libro autobiográfico y con mis propios recuerdos, notas y testimonios, adoptando el sobrenombre de “Paynal,” personaje de la mitología náhuatl, también conocido como Paynatl o Painalli, cuya función es la de ser el mensajero y veloz corredor o “Correo de los 4 Vientos.”  

A pesar de lo aparente absurdo del propósito que surgió de esa noche inolvidable en el desierto, como efecto de las visiones que nos entregó Don Hikuri-Mezcalito, nuestros destinos coincidieron con el destino y propósitos del Maestro Velasco Piña y de la Generala Guadalupe Jiménez Sanabria, “Nanita,” jefa de una corporación de Mesa de danza conchera, “Insignias Aztecas” originaria del barrio de Tlatelolco, quienes llevaban años generando un vórtice energético con el mismo propósito que trajimos como mensaje de Wirikuta.

 Y este se resumía con el conseguir que en los siguientes cuatro años lográsemos unificar a millares de personas, no solo de España y México, sino de varios países del mundo, para curar las heridas de la Conquista, tanto en los antiguos colonizadores como en los actuales descendientes de los pueblos colonizados. Un propósito de descolonización sin precedente en la historia contemporánea.  

Con esa fuerza espiritual que permitió unir a la generala “Nanita” y otros capitanes de Mesas de la Danza Conchera, con el líder espiritual hispánico “Miyo” Fiel y su gente, en un evento histórico en el que nos tocó a nosotros hacer el puente como miembros de la Nación Arcoíris.

Nuestra misión colectiva, guiados por estas dos fuerzas por siglos antagónicas, fue el lograr convocar, organizar y realizar la “toma espiritual simbólica de la Catedral de Santiago de Compostela” corazón de la cristiandad Europea en el centro de la provincia de la Coruña, Galicia, mientras del otro lado del Atlántico, simultáneamente, los grupos y organizaciones mexicanas lograron llevar a cabo la “toma espiritual simbólica de la Catedral de México y la iglesia-convento de Santiago de Tlatelolco.”

Se trató entonces de realizar un evento que selló el compromiso que hicimos un pequeño grupo de soñadores despiertos en el Cerro del Quemado en noviembre de 1988, y que tuvo lugar un histórico 25 de julio de 1992, justamente a 500 años del inicio de la conquista militar de los territorios y la capital del Imperio azteca, Tenochtitlán, por parte también de un pequeño ejército de soldados y mercenarios europeos, dispuestos a arriesgar sus vidas para crear un nuevo Imperio en el nuevo continente.  

A partir del logro “imposible” de esa visión, entonces, y por los años siguientes, la conmemoración ceremonial de los Rituales Olmecas se continuaron llevando cabo todos los días 2 de octubre que cayeran en domingo, partiendo de Tlatelolco, con una marcha silenciosa que partía de la Plaza de las Tres Culturas, para culminar en el centro del Zócalo de la Ciudad de México, al pie de la monumental asta bandera.

El Correo de los 4 Vientos

El libro del “Correo de los 4 Vientos” se fue escribiendo conforme una serie de acontecimientos desde 1964 que se fueron sucediendo alrededor de la Plaza emblemática de Tlatelolco. 

Desde su primer capítulo hasta el noveno, con el que concluye la obra, La trama se fue entremezclando con episodios de los orígenes históricos de Tenochtitlán en el año 1337, y poco después cuando un grupo de inconformes se desplazaron a un islote vecino para fundar Xalteloco, una ciudad hermana de la capital del que sería el Imperio Azteca.

En posteriores secciones, del mismo, comparecen textos que describen la arquitectura y composición social del nuevo asentamiento; los trabajos arqueológicos que se realizaron para su reconstrucción, dibujos y párrafos de los códices y crónicas, tanto hispánicas como náhuatles.

Que describen las rencillas y guerras entre las ciudades vecinas, el significado del nombre de Paynal y su rol en la mitología, la función de los templos, las características de la sociedad Tenochca, guerrera, ritualista, dominante, dedicada a las deidades solares, y la Tlatelolca, comercial, artística, artesana, diplomática, con su culto dedicado a las mujeres, oficiados principalmente por sacerdotisas lunares.

En otros capítulos se mencionan combates de resistencia en los que el ejército de Cortes y sus aliados de otras naciones enemigas de los aztecas fueron vencidos y finalmente la derrota de ambas ciudades en el año 1520.       

El año 1994, da inicio el Movimiento Zapatista en Chiapas, y se convoca a la Convención Nacional Democrática que reúne a más de 6000 activistas del mundo entero, líderes sociales, políticos, representantes de pueblos originarios, artistas, sacerdotes de la Teología de la liberación, y a un encuentro en medio de la selva lacandona, al cual fuimos invitados Paula Willis, una joven líder ecologista y yo, como representantes de los grupos activistas verdes del estado de Morelos y de la Nación Arcoíris. 

Igualmente en ese año, que se realizó el 2º Ritual Olmeca de nuevo en Tlatelolco, el Maestro Velasco Piña me hizo depositario del bastón emblemático de Regina, en una ceremonia en nuestra aldea de Huehuecóyotl, para darme el cargo de “testigo del despertar de la nueva consciencia” en México y en America Latina, motivo por el cual decidí iniciar una odisea a través de todo el continente, iniciativa que denominé “La Caravana Arcoíris por la Paz.

Partiendo de México, con el grupo de voluntarios que se sumó a los peregrinos en 1996, y los más de 450 jóvenes aventureros de todas las edades y de más de 37 nacionalidades que a lo largo de 13 años se nos fueron uniendo por cortas o largas temporadas, meses, años e incluso una década, fuimos recorriendo pueblo por pueblo, comunidad por comunidad, estado por estado, país por país y todo tipo de territorios de 17 países latinoamericanos. 

El propósito que nos llevó a emprender ésta aventura hasta ahora irrepetible,  fie el de ir sembrando proyectos para la construcción de un nuevo mundo y una nueva sociedad humana, en armonía con la Madre Terra y todos seres vivientes, humanos y no humanos, los elementos naturales, realizando ceremonias, festivales, encuentros, cursos. 

Llevando de pueblo en pueblo los mensajes y enseñanzas aprendidas en cada comunidad visitada, para contribuir a crear un tejido multicolor de miles de personas que a través de esta escuela de vida y que nuestros aprendices, mensajeros, chaskis o “Correos de los 4 Vientos” fuimos tejiendo paso a paso. 

A nuestro retorno en 2009, de nuevo en Tlatelolco, convocamos a un evento inspirado por los ejemplos que nos legaron los guardianes de los pueblos andinos, aymaras, quechuas, queros, serranos, koguis, y abuelos y abuelas sabios de la más de una veintena de las comunidades indígenas de cada territorio que fuimos recorriendo desde Guatemala hasta la Tierra del Fuego. Y desde Ushuaia, la ciudad más austral del continente hasta la desembocadura del río Amazonas en Brasil Belem de Para. 

Evento que denominamos el “1er Foro Internacional por los Derechos de la Madre Tierra.”

El histórico evento tuvo lugar en el mes de junio de 2016, en la sede del Centro Cultural de la UNAM,  ex-Secretaria de Relaciones Exteriores,  justamente ubicado en la Plaza de  las Tres Culturas, al que acudieron los más reconocidos activistas mundiales y millares de personas que buscamos que a la Pachamama-Madre Naturaleza le sean reconocidos y sean adoptaos en las Constituciones de cada país, los Derechos Jurídicos de todas las formas de vida sintientes, elementos naturales, montañas, bisques, semillas, animales, ríos, mares así como a todas las fuentes de agua, el aire y la tierra misma. 

La iniciativa que iniciamos un puñado de una decena de personas, involucró a más de doscientas organizaciones de la sociedad civil, a la mayor parte de los medios de comunicación, nacional e internacional, a más de 20 reconocidos y populares grupos de música y artistas de varios países latinoamericanos, centenares de activistas y voluntarios, y a miles de asistentes que se sumaron a la propuesta original. Como consecuencia de este esfuerzo titánico, en la nueva Constitución de la CDMX fue aprobado el artículo 13, que reconoce a la Tierra como un ser vivo y sintiente, con derechos jurídicos propios.

Este importante paso que se consiguió, de nuevo a raíz y gracias a la acción conjunta que tuvo lugar en Tlatelolco, ha inspirado a otros estados del país a aprobar articulos de ley semejantes, y a la realización posterior del 2º Foro Internacional por los Derechos de la Madre Tierra, con los mismos resultados, en Sao Paulo, Brasil, en 2018, al 3er Foro Internacional en Bogotá, Colombia, el 2019, y en próximas fechas al 4º, Foro que tendrá lugar éste año 2021 en Santiago de Chile.

En el año 2018, recién yo haber cumplido los 73 años, se llevó acabo el 50º Aniversario del 2 de octubre, y para su celebración, mi Maestro y ahora también compadre, Toño Velasco Piña, a los 83 años de edad, me asignó la tarea de organizar un evento multicultural y espiritual, con un pequeño grupo de producción compuesto por Salomón Bazbaz, Jorge Granados y Eduardo Lizalde, y con el apoyo de un numeroso grupo de voluntarios apasionados, que sirviera para recordar a México y el mundo que la fecha del “2 de octubre, no se olvida,” como reza en su libro de “Regina.” 

“El Festival Flores y Cantos por la Memoria, 1968-2018” fue un hito histórico, y en éste libro, “Correo de los Cuatro Vientos, Ecos de Tlatelolco,” que ahora estoy presentado, publicado en éste año 2021 por solicitud del mismo Maestro Velasco Piña a Alejandro Cruz Sánchez Presidente de la “Fundación Caballero Águila,” a la que tanto él como yo pertenecemos, se encuentran los testimonios de éste último capítulo, así como la dedicatoria y homenaje a un personaje ejemplar, hermano mayor, hombre sencillo y amable, fuente de inspiración,  guía y Maestro de los miles de personas que lo conocimos, admiramos, leímos o escuchamos en sus innumerables y amenas charlas y en los cientos de conferencias que impartió hasta los últimos días de su vida.

Su obra, su ejemplo y su camino de vida, que dio inicio a este movimiento de cambio de consciencia, me inspiró a caminar éste camino desde 1988, cuando nos conocimos y nuestros destinos comenzaron a tejerse para siempre. En esta vida, y a través de nuestros mutuos legados, como una herencia para las próximas generaciones. 

            VIVA POR SIEMPRE EN NUESTRA MEMORIA
DON ANTONIO VELASCO PIÑA

8 DE SEPTIEMBRE DE 1935 – 27 DE DICIEMBRE DE 2020

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