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Barro, memoria y mesa compartida: aprendiendo el arte del bahareque
By Tracy L. Barnett Posted in Bioconstrucción, Comunidad on 30 septiembre, 2026 0 Comments
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Por Tracy L. Barnett

Fotos: Víctor Ibarra

En el Parque Agroecológico Zapopan, la renovación de seis paneles de bahareque en la cocina comunitaria del Colectivo Agroecológico Teocintle, se convirtió en una lección práctica sobre los saberes tradicionales y la alegría de cuidar colectivamente un espacio, donde desde hace más de 13 años este colectivo realiza sus actividades agroecológicas, comunitarias y culturales.

¿Quién dice que las labores de mantenimiento no pueden ser divertidas y educativas?

El último fin de semana de julio de este año, en el Parque Agroecológico Zapopan, como parte de la serie anual de actividades del Festival de la Tierra, el maestro de bioconstrucción Javier Rodríguez, de IMDEC, convirtió un proyecto de mantenimiento en un aula viva.

La hermosa cocina al aire libre del parque está construida principalmente con madera y otros materiales naturales, pero algunas de sus secciones están hechas de bahareque: paneles formados por un entramado de carrizos entretejidos, recubierto con una mezcla de tierra, arena, fibras vegetales y otros materiales naturales.

Los paneles fueron construidos hace unos seis años y habían resistido notablemente bien. Pero el bahareque, como otros sistemas de construcción natural, no está hecho para levantarse y luego quedar en el olvido. Sus superficies de tierra necesitan cuidados periódicos, sobre todo cuando están expuestas a la lluvia y al intenso sol jalisciense. Había llegado el momento de reparar las partes dañadas y aplicarles una nueva capa protectora, o enjarre.

Pero antes de comenzar a cubrir los muros, Javier invitó a las y los participantes a experimentar.

Varios ladrillos se convirtieron en un pequeño laboratorio. Sobre cada uno, el grupo aplicó una mezcla distinta de tierra, arena, paja, cascarilla de arroz, otras fibras o cal. La idea era observar cómo se adhería cada fórmula, cómo absorbía el agua, cómo se secaba y cuánto se agrietaba, para después decidir cuáles combinaciones funcionarían mejor en las diferentes partes de la cocina.

La primera lección era engañosamente sencilla: no toda la tierra es igual.

Javier explicó que la capa superficial, rica en materia orgánica y utilizada para cultivar plantas, no es la que buscan quienes construyen con tierra. Hay que excavar debajo de esa primera capa y probar la tierra que se encuentra ahí, cerniéndola y agregándole agua poco a poco hasta que adquiera una consistencia parecida a la de la masa para tortillas.

En ese punto, la mezcla alcanza lo que se conoce como estado plástico: tiene suficiente consistencia para formar una bolita sin que se deshaga ni se aplaste. Si está demasiado seca, no se mantiene unida. Si contiene demasiada agua, pasa al estado viscoso y comienza a ceder bajo su propio peso.

Después viene el acto de equilibrio.

La arcilla funciona como el pegamento natural de una mezcla de tierra, explicó Javier, mientras que la arena forma su esqueleto. La arcilla se expande al mojarse y se contrae al secarse, lo que puede provocar grietas. Agregar arena estabiliza la mezcla, pero un exceso puede dejarla sin suficiente aglutinante para mantener todo unido.

Las grietas, aprendieron, no necesariamente representan un fracaso.

En algunos espacios puede ser deseable una superficie completamente lisa, pero a Javier le gusta la textura que producen las pequeñas fisuras. La pregunta importante no es solamente si una mezcla se agrieta, sino cómo se comporta, qué tan resistente es y en qué parte se utilizará.

Una hermosa tierra rojiza, traída del vecino estado de Colima, por ejemplo, resultó más frágil que las demás. Pero eso no significaba que hubiera que descartarla. Tal vez no fuera adecuada para la parte baja de un panel, donde las sillas, los pies o las manos curiosas de niñas y niños podrían dañarla, pero sí podía funcionar perfectamente en una sección decorativa más alta.

Como explicó Javier:

“Es justo ahí donde en la bioconstrucción vemos que entramos como en una armonía de que todo vale, todo cuenta. Incluso lo fuerte y lo débil hace una conjugación interesante”.

Así que el grupo probó diferentes proporciones: tierra sola, partes iguales de tierra y arena, y mezclas con cantidades progresivamente mayores de arena.

La fibra aporta otro ingrediente esencial.

La tierra soporta muy bien la compresión —puede sostener un peso enorme—, pero es más débil ante las fuerzas que intentan estirarla o separarla. La paja, la cascarilla de arroz y otras fibras ayudan a mantener unido el material, de una manera similar al refuerzo empleado en otros sistemas constructivos.

La mezcla estructural que se coloca sobre el entramado de carrizos contiene una mayor proporción de fibra, mientras que el enjarre fino utilizado para el acabado lleva menos.

La mezcla clara que se preparó ese día para el acabado contenía tierra, arena de río o arroyo, fibra vegetal y una proporción menor de cal.

La cal puede hacer que un recubrimiento exterior resista mejor la lluvia. Pero está lejos de ser la única alternativa.

Los constructores tradicionales también han utilizado estiércol de caballo o de burro finamente procesado, cuya celulosa puede ayudar a repeler el agua. Otra posibilidad es sustituir el agua común por la baba de nopal. Estos aditivos naturales aportan a la superficie de tierra cualidades que sus componentes minerales no poseen por sí solos.

La lección fue mucho más allá de una receta para preparar un enjarre de barro.

Javier habló sobre la enorme diversidad de la arquitectura de tierra alrededor del mundo: viviendas modeladas como esculturas de barro, casas trogloditas excavadas en la tierra, muros de tierra apisonada, adobe y bajareque.

Estos sistemas no se desarrollaron porque una técnica universal fuera exportada a todas partes, sino porque las comunidades aprendieron a construir de acuerdo con sus propios climas, materiales, necesidades y herramientas.

En las regiones tropicales húmedas, donde se desarrolló el bahareque, tradicionalmente se colocaba primero el techo. Una vez que las personas contaban con protección frente a la lluvia, podían continuar construyendo los muros debajo de él. En las regiones más secas, en cambio, era posible levantar primero los muros de adobe y colocar el techo al final.

Los gruesos muros de tierra también funcionan como colchones térmicos, retrasando el paso del frío o del calor hacia el interior de una vivienda.

Estas tradiciones constructivas encarnan siglos de observación.

Las comunidades que habitan zonas sísmicas desarrollaron sistemas parasísmicos. Quienes viven en regiones afectadas por ciclones adaptaron sus techos para resistir los fuertes vientos. Esa arquitectura no surgió por casualidad: fue el resultado de generaciones de ensayo, error y atención cuidadosa al entorno.

Los sistemas constructivos modernos e industriales, sugirió Javier, con demasiada frecuencia pasan por alto toda esa inteligencia acumulada.

Su propia formación le permitió comprenderlo de manera profunda. Después de obtener una maestría en Francia, viajó a trabajar con una comunidad indígena jicaque en Honduras.

“Yo creía que ya sabía un montón cuando llegué ahí”, recordó. “Porque ya había estudiado en Francia una maestría y todo eso. Pero cuando llegué ahí, me di cuenta que el verdadero conocimiento lo tiene la gente. Es un conocimiento milenario que han heredado de generación en generación. Y que está vivo”.

Hoy concibe la bioconstrucción como un punto de encuentro entre la investigación científica y el conocimiento popular vivo: probar los materiales y los sistemas constructivos en el laboratorio, al mismo tiempo que se respeta la sabiduría contenida en las prácticas tradicionales.

Esta relación también transforma el significado del mantenimiento.

La construcción industrial nos lleva a imaginar que un edificio debe quedar terminado de una vez y para siempre. La construcción natural reconoce algo más orgánico: los edificios necesitan cuidados. Una superficie de tierra expuesta a los elementos puede requerir otra capa delgada antes o después de la temporada de lluvias.

Pero ese trabajo no tiene por qué vivirse como una carga.

Javier describió comunidades del norte de África donde el mantenimiento periódico del enjarre de una mezquita se convierte en una celebración. La gente se reúne, repara el edificio de manera colectiva y transforma el mantenimiento en un ritual comunitario.

En el Parque Agroecológico, bromeó, el trabajo también era una excusa para llegar al verdadero objetivo:

“De hecho es el pretexto, lo que queremos es la hora de la comida, ésa es la intención, poder estar acá”.

Hay resiliencia en esa actitud y también en el propio material.

Javier recordó casas rurales cuyos muros estaban construidos con piedras unidas con lodo. Cuando los muros se derrumbaron, sus habitantes no tuvieron que comprar un sistema industrial completamente nuevo. Le agregaron agua a la tierra, aportaron su trabajo y volvieron a levantar las paredes.

“A eso se le llama resiliencia”, dijo.

Al final del taller, los paneles de bahareque reparados se estaban convirtiendo en algo más que superficies renovadas. Sus colores, texturas y fibras visibles —junto con las botellas de colores que el barro sostenía como pequeños y luminosos elementos de diseño— registraban los materiales del lugar y las manos de las personas que se habían reunido para cuidarlo.

Y entonces llegó el objetivo sobre el cual Javier había bromeado durante toda la jornada: la comida.

Unas 20 personas, felices y hambrientas, se reunieron alrededor de un delicioso bufé vegetariano, cortesía de Ángeles, del Colectivo Agroecológico Teocintle, Caro y varias personas más que colaboraron. La comida no se sintió como algo separado del trabajo del día, sino como su culminación natural: aprendizaje, labor, conversación y alimentos compartidos alrededor de una estructura que la comunidad había construido y que ahora volvía a cuidar colectivamente.

La jornada ofreció una respuesta serena a la idea de que el mantenimiento es tedioso, poco creativo o una labor que no requiere conocimientos.

Aquí, el mantenimiento fue experimentación. Fue memoria cultural. Fue ciencia, arte, juego y comunidad: todo mezclado con tierra, arena, paja, agua y un poco de cal.

Y tal vez ése sea uno de los regalos de la bioconstrucción. Nos recuerda que cuidar lo que hemos construido no tiene por qué ser una tarea indeseada. Puede ser una oportunidad para reunirnos, aprender unos de otros y renovar no solamente un muro, sino también nuestra relación con los materiales, las tradiciones y las comunidades que nos sostienen.

Tracy L. Barnett

bioconstrucción COMUNIDAD


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