A medida que este año llega a su fin, hacemos una pausa —no porque el trabajo haya terminado, sino porque la reflexión es parte de un relato responsable.
En The Esperanza Project, el año pasado fue uno de escucha sostenida: a comunidades que defienden la tierra y el agua, a artistas que preservan la memoria, a mujeres que llevan adelante el conocimiento ancestral, y a personas que enfrentan el desplazamiento, la violencia y la incertidumbre política con dignidad y valentía. También fue un año de ser testigos —a veces de verdades duras, a veces de victorias silenciosas, y con frecuencia del trabajo largo y paciente de la esperanza.
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También fue un año de esfuerzo extraordinario detrás de escena. Gran parte de este trabajo se realizó con poco o ningún financiamiento, impulsado por el compromiso más que por la sostenibilidad. Al mirar hacia atrás —y hacia adelante— sentimos importante decirlo claramente: para que la rara forma de periodismo regenerativo de Esperanza continúe, también debe ser apoyada.
Más que una sola narrativa, el 2025 se desplegó para Esperanza como una constelación de historias interconectadas, arraigadas en territorios y experiencias vividas, pero que resonaron mucho más allá de sus fronteras geográficas.

Uno de los hilos más claros del año fue la defensa de la tierra y el agua —no como temas ambientales abstractos, sino como asuntos de supervivencia, identidad y soberanía.
Desde reportajes sobre megarepresas y resistencia ribereña en Sonora, pasando por las luchas en Wirikuta, hasta historias que exploraron los Derechos de la Naturaleza en Ecuador, la cobertura de Esperanza se centró en las perspectivas indígenas y comunitarias. No eran historias solo de protesta, sino de cosmovisión, memoria y responsabilidad —de personas que afirman que los ríos no son simples recursos, que los desiertos no están vacíos y que el territorio no es negociable.

El reconocimiento de la ruta de peregrinación Wixárika por parte de la UNESCO marcó un hito, pero nuestro reporteo planteó la pregunta necesaria: ¿qué sigue después del reconocimiento?
Mientras en algunos lugares se retiraban cercas y en otros surgían nuevas amenazas, la respuesta resultó compleja. La protección no es un acto único; es una relación continua —una que requiere vigilancia, presencia y relato constante.
Otro hilo poderoso durante el año fue el papel de la memoria —personal, colectiva, ancestral— como forma de resistencia.
Historias enraizadas en el Día de Muertos, ceremonias ancestrales y prácticas de memoria intergeneracional mostraron cómo las comunidades rechazan el borrado recordando en voz alta. Ya sea mediante altares, peregrinaciones u oralidad, la memoria funcionó no como nostalgia, sino como una fuerza viva que impulsa la acción presente.
En Colombia, Ecuador, México y a lo largo de territorios indígenas, los reportajes de Esperanza mostraron cómo recordar es a menudo el primer paso hacia la sanación —y hacia la rendición de cuentas. En contextos marcados por la violencia o el despojo, decir la verdad sobre lo ocurrido es, en sí mismo, un acto de valentía.
Este año también hizo visible algo que ha sido cierto desde siempre: las mujeres están en el corazón de muchos de los movimientos más transformadores de nuestro tiempo.

Historias como la huelga de hambre de Beatriz Padilla contra Saguaro LNG —presentada no como espectáculo, sino como testimonio moral— subrayaron cómo los cuerpos de las mujeres a menudo se convierten en territorios de resistencia frente a la destrucción ecológica. Paralelamente, la serie de Danza de la Luna de Esperanza exploró la espiritualidad femenina, la ceremonia y la sanación colectiva —no como un escape de la política, sino como su fundamento.
A través de crónicas en primera persona sobre la Danza de la Luna, ceremonias de mujeres basadas en la Tierra y ciclos sagrados, documentamos cómo la espiritualidad puede ser fuente de fuerza, claridad y poder organizativo. Estas piezas afirmaron que atender las heridas espirituales y emocionales del colonialismo y el patriarcado es inseparable del trabajo de defender la tierra, el agua y la vida misma.
A través de fronteras, estas historias desafiaron las narrativas dominantes del poder al mostrar que la transformación a menudo empieza en silencio —en la ceremonia, en los encuentros comunitarios, en la oración compartida y en la reivindicación del cuerpo femenino como lugar de sabiduría y no de sacrificio.
La migración siguió marcando el trabajo de Esperanza este año, especialmente desde México y Centroamérica, pero también dentro de Estados Unidos.
Historias de migrantes reconstruyendo sus vidas, de clínicas legales apoyando a comunidades desplazadas y de esfuerzos de solidaridad de base revelaron la migración no solo como crisis, sino como un proceso profundamente humano moldeado por desigualdades globales, disrupciones climáticas y decisiones políticas.
Al centrar las voces de las personas migrantes —especialmente mujeres— Esperanza buscó complejizar las narrativas simplistas y destacar, en su lugar, la resiliencia, la creatividad y la reconstrucción del hogar en lugares desconocidos.


Este año, el arte y la cultura no fueron tratados como historias secundarias, sino como espacios esenciales de resistencia y renovación.
Desde festivales comunitarios de arte hasta revitalización de lenguas indígenas; desde música en zonas de guerra hasta la pintura como protesta, Esperanza documentó cómo la cultura preserva la memoria cuando las instituciones no lo hacen.
Estas historias invitaron a reflexionar: ¿Qué significa preservar la dignidad? ¿Quién decide qué conocimiento importa? ¿Y cómo transmiten las comunidades su sabiduría en tiempos de convulsión?
Al mirar hacia atrás, una cosa destaca especialmente: el periodismo de Esperanza es relacional.
Muchas historias surgieron no de comunicados de prensa, sino de relaciones de largo plazo —conversaciones sostenidas durante meses o años, confianza construida lentamente y responsabilidad mantenida mediante visitas de seguimiento. Este enfoque resiste la velocidad y el sensacionalismo que dominan buena parte del panorama mediático actual.

Pero también es un trabajo intensivo. Requiere tiempo, viajes, traducción, edición y cuidado —y para que Esperanza continúe haciéndolo de manera ética e independiente, debe ser financieramente sostenible.
Al mirar hacia el 2026, el trabajo por delante se siente urgente y expansivo.
Esperanza seguirá profundizando su cobertura sobre la defensa de la tierra y el agua, la soberanía indígena, los movimientos encabezados por mujeres y la solidaridad transfronteriza. También estamos preparando nuevas colaboraciones, narrativas multimedia ampliadas y más espacios de diálogo que unan el periodismo, la espiritualidad y la acción comunitaria.
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El mundo entra en un periodo de profunda incertidumbre —política, ecológica y social. Pero este año ha dejado algo muy claro: la esperanza no es optimismo ingenuo. La esperanza es algo que la gente practica, cada día, a menudo bajo presión extraordinaria.
Esperanza existe para documentar esa práctica.
Con tu apoyo, podemos continuar.

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