Este sábado 29 de noviembre, las voces de Abya Yala —Argentina, Bolivia, Chile, México, El Salvador, Guatemala y Cuba— se entrelazarán a través de la música, el teatro, los medios comunitarios, la poesía y la memoria ancestral en el Sexto Festival por la Dignidad de los Pueblos: Artes para Respirar 2025.
Transmitido en vivo por redes sociales, el festival es mucho más que un evento cultural. Es un respiro colectivo —un acto de resistencia, reflexión e imaginación compartida en un momento en que muchas comunidades del continente enfrentan un extractivismo cada vez más agresivo, represión política, caos climático y fragmentación social.
Ahora en su sexto año, el Festival por la Dignidad de los Pueblos se ha convertido en un tejido transnacional de arte y lucha. Desde sus inicios durante los primeros años de la pandemia, el festival ha conectado 117 experiencias de base de 21 países de América Latina y el Caribe, además de seis más en África, Asia, Europa y Estados Unidos. Las y los organizadores lo describen como un proceso vivo —que se alimenta de “aire fresco, agua, tierra y fuego vital”.
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En su corazón, el festival gira en torno a la soberanía y la autodeterminación, tema central de esta edición 2025. Plantea preguntas urgentes: ¿Cómo defienden los pueblos sus territorios? ¿Cómo se sostiene la vida en espacios donde han echado raíces los sistemas de muerte —el capitalismo, el patriarcado, el racismo y el extractivismo—? ¿Y de qué manera el arte ayuda no sólo a sobrevivir, sino a regenerar?
Entre los colectivos participantes de este año se encuentra Ayllu Urbano Nina Mayu de Bolivia, una comunidad urbana que revive el ayllu andino como un organismo social vivo en la ciudad. Su trabajo parte de la comprensión de que la comunidad no incluye sólo a los seres humanos, sino también a Pachamama —la Madre Tierra— y a los Uywiris, los dadores sagrados de la vida.
Sus prácticas cotidianas siguen los ritmos del ciclo agrícola, aun dentro de las limitaciones de la vida urbana. Al tejer el tiempo indígena de vuelta en la ciudad moderna, ayudan a imaginar cómo podrían ser las ciudades interculturales en tiempos de crisis climática.
Desde El Salvador participa Colectivo Micelio Suburbano, un colectivo juvenil e intergeneracional que trabaja en los cruces entre la soberanía alimentaria, la educación ambiental y el derecho humano a la ciudad. A través de huertos urbanos, compostaje, herbolaria y procesos de concientización, las juventudes recuperan saberes que sostienen tanto a la tierra como a la comunidad.
En los márgenes urbanos de Argentina, El Culebrón Timbal funciona como una escuela cultural y una productora comunitaria. Con una escuela primaria orientada en Cultura Viva Comunitaria, una radio y producciones en teatro, cine y cómic, cultivan la expresión como herramienta de transformación desde la niñez.

En Guatemala, Grupo MAIX encarna con fuerza el espíritu de la rebeldía digna. Integrado por artistas mayas y mestizos, el grupo utiliza la música, la poesía, la danza y las artes visuales como instrumentos políticos, negándose a guardar silencio frente a la injusticia. Para MAIX, el arte no es ornamento: es un arma forjada con voces unidas, letras críticas y una indignación compartida.
Dos iniciativas cubanas también formarán parte del encuentro. Huellas Azules, un proyecto sociocultural que trabaja con niñas, niños, jóvenes, personas adultas y con discapacidad, utiliza las artes visuales para promover el cuidado del medio ambiente, la identidad cultural y la justicia social. Por su parte, la Red EPA Voces Ambientales reúne experiencias de educación popular ambiental para fortalecer la ética ecológica y la defensa territorial en las comunidades.

El cantautor salvadoreño Jorge Vlankho aporta música social centrada en los derechos humanos, la justicia económica y la defensa del medio ambiente, fruto de su largo trabajo con centros culturales, compañías teatrales y escuelas.

Desde México, Mulato Teatro, bajo la dirección de Marisol Castillo Castillo, ofrece el teatro como un espacio de refugio, memoria y orgullo afrodescendiente, donde vecinas y vecinos de todas las edades encuentran seguridad, dignidad y creación colectiva más allá de las divisiones de raza y clase.
También desde México participa Vertientes Medios, un medio comunitario que amplifica narrativas de esperanza y resistencia, defendiendo los derechos culturales y desafiando el silenciamiento de las voces populares.

Desde Chile se suma ONG Tejiendo Huellas, que coloca la educación artística como fuerza emancipadora, empoderando a las comunidades para conocer y defender sus derechos sociales a través de la creación colectiva.

Más allá de su programación artística, el Festival por la Dignidad de los Pueblos se sostiene sobre un compromiso ético compartido. El colectivo organizador nombra con claridad aquello que resiste —capitalismo, patriarcado, racismo, fascismo, extractivismo y todas las formas de violencia— y aquello que defiende: los territorios, el agua, los bosques, las economías comunitarias y la dignidad de los pueblos.
También afirma algo profundamente radical en estos tiempos: la alegría como rebelión, la rabia digna como forma de dignidad y la celebración como acto político. Levanta las economías ancestrales basadas en la reciprocidad, el trueque, el ayni (trabajo colectivo), la soberanía alimentaria y la autogestión, ofreciendo alternativas vivas frente a los sistemas de destrucción.

El festival se transmitirá en vivo este sábado 29 de noviembre:
Este festival es organizado por el Colectivo del Festival de la Dignidad de los Pueblos: integrado por CEAAL, Red de la Diversidad – Wayna Tambo (Bolivia), CEP Parras Jiménez (México), Radio Imagina (México), Casita “Caminos del Corazón” (Perú), Cultura Viva Comunitaria, Recrearte (México), Coamil Federalismo (México), Rede PACRA – Arte e Cultura na Reforma Agrária (Brasil) e IMDEC A.C.(México).
En muchos territorios, las comunidades también se reunirán para realizar proyecciones colectivas y círculos de diálogo, extendiendo el festival más allá de lo digital hacia espacios vivos de reflexión y sueño compartido.
En un mundo que lucha por respirar —de Gaza a la Amazonía, de los barrios urbanos a los bosques amenazados— este festival ofrece eso mismo que nombra: Artes para Respirar. Un recordatorio de que incluso en contextos de asfixia, los pueblos siguen cantando, sembrando, imaginando y levantándose juntos.
Para The Esperanza Project, este es precisamente el tipo de historia que honramos: una donde la cultura no es entretenimiento, sino medicina; donde el arte no es un lujo, sino supervivencia; y donde la dignidad no es un lema, sino una práctica cotidiana.
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