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Reciclaje sin recicladores es basura: una crónica desde el corazón de Iztapalapa
By Tracy L. Barnett Posted in Economía Circular, Medio ambiente, Reciclaje, Residuos on 25 septiembre, 2026 0 Comments
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(Foto:Tracy L. Barnett)

Por Tracy L. Barnett
Para El Proyecto Esperanza

Dos semanas después de mi último viaje a la Ciudad de México, volví a abordar un autobús nocturno rumbo a la megalópolis y llegué antes del amanecer. Un Uber me llevó por las calles a media luz hasta la casa de Laura Kuri, una figura de larga trayectoria en el movimiento ambiental de la ciudad, quien me recibió con café, un desayuno libanés y una ducha que me hacía mucha falta.

Poco después iba apretujada en un auto con un grupo de facilitadores ambientales, rumbo al sureste, hacia Iztapalapa: la extensa alcaldía de 1.8 millones de habitantes que recibe una enorme proporción de los residuos de la Ciudad de México y que también se ha convertido en uno de sus centros más importantes de reparación, reutilización y reciclaje.

El motivo era el Foro de Economía Circular Inclusiva, organizado por mi amigo de muchos años Arnold Ricalde, un activista ambiental a quien conocí a través del Consejo de Visiones. Ahora, como asesor de la alcaldesa de Iztapalapa, Aleida Alavez Ruiz, Arnold ha dedicado los últimos dos años a ayudar a la demarcación a desarrollar proyectos de compostaje, reciclaje, huertos urbanos y reducción de residuos.

Llegamos temprano al Centro Cultural Iztapalapa, y observé el montaje del impresionante sistema de sonido y los equipos audiovisuales. La gente llenaba el vestíbulo, intercambiando contactos, comparando proyectos y avanzando hacia un auditorio abarrotado. Funcionarios públicos se mezclaban con ambientalistas, representantes empresariales y algunas de las personas que mejor conocen el flujo de residuos de México: los pepenadores, o recicladores de base, que se ganan la vida recuperando lo que todos los demás desechan.

Se calcula que en México hay unos 400,000 pepenadores trabajando en rellenos sanitarios y tiraderos a cielo abierto, según los organizadores del foro, mientras más de 2 millones de personas participan en la economía informal del reciclaje. Quienes trabajan en esta economía suelen carecer de ingresos estables, seguridad social, equipo de protección y reconocimiento legal. Algunos viven junto a —o incluso encima de— las enormes montañas de residuos de las que extraen su sustento.

La persona que llevó esa realidad a la sala con mayor contundencia había viajado desde Chile.

Soledad Mella es recicladora de base, presidenta de la Asociación Nacional de Recicladores de Chile y dirigente de los movimientos latinoamericano e internacional de recicladores. Pequeña, dinámica y absolutamente imponente, se puso de pie frente al público en lugar de permanecer sentada en el escenario.

(Foto:Tracy L. Barnett)

“Me van a disculpar, pero me gusta hablar parada”, comenzó.

De inmediato quedó claro por qué.

Mella habló con la autoridad de quien ha vivido la lucha que describía. Ha llevado su mensaje desde las calles y los circuitos de residuos de Santiago hasta conferencias internacionales sobre el clima y negociaciones de las Naciones Unidas. A Iztapalapa llegó con un mensaje de aliento, pero también con una advertencia.

“Ser reciclador de base y vivir de la basura no significa que nos transformemos en parte de la basura”, declaró. “Debemos dignificar, debemos defender, pero sobre todo debemos organizarnos”.

Su visita ocurrió en un momento decisivo. La nueva Ley General de Economía Circular de México reconoce formalmente a los recicladores de base y exige su inclusión en los sistemas creados para recuperar y reutilizar materiales. Sin embargo, su reglamento de aplicación aún no ha sido publicado. Muchas de las decisiones que determinarán si esa promesa se vuelve realidad siguen sin resolverse.

¿Podrán registrarse los recicladores sin ahogarse en la burocracia? ¿Tendrán acceso a la seguridad social? ¿Recibirán capacitación, equipo e infraestructura? ¿Se obligará a las empresas a comprarles directamente los materiales recuperados? ¿El reciclaje será finalmente reconocido y remunerado como un servicio ambiental, o las personas que construyeron esta industria serán desplazadas una vez que se vuelva rentable?

Mella había visto esta lucha desarrollarse en Chile. Cuando ese país adoptó su ley de responsabilidad extendida del productor, explicó, los recicladores de base quedaron excluidos inicialmente. Solo mediante la organización y la presión política consiguieron un lugar dentro del sistema.

No basta con que una ley los reconozca en el papel, advirtió. Los recicladores necesitan herramientas para competir: infraestructura, financiamiento, protección social y pago por el servicio que prestan, no solo lo que el mercado decida pagar en un momento dado por el cartón, el aluminio o el plástico.

(Foto:Tracy L. Barnett)

“La basura y el reciclaje es un modelo de negocio”, dijo al público. “Y hay muchos interesados en tomar lo propio y quitarnos a nosotros de ese escenario”.

Sin una transición justa, agregó, “lamentablemente los tiburones, las grandes empresas, nos van a comer. Y nosotros no vamos a poder salir adelante”.

Abel Balderas entendía perfectamente lo que quería decir. Balderas comenzó a trabajar como pepenador a los ocho años y ahora encabeza el Movimiento Nacional de Recicladores de México. Habló con orgullo de la historia de su familia en el reciclaje y de los conocimientos que trabajadores como él han acumulado durante generaciones.

“Son ustedes quienes van a enseñar qué sí, qué no, cuál sí, cuál no”, dijo a los recicladores presentes. “Nosotros somos los expertos”.

(Foto:Tracy L. Barnett)

Ese conocimiento rara vez ha sido tratado como tal. Durante generaciones, los recicladores de base han subsidiado silenciosamente los sistemas municipales de residuos, reduciendo el volumen enviado a los tiraderos mientras recuperan materiales para la industria. Sin embargo, debido a que su trabajo es en gran medida informal, su contribución suele desaparecer de las cuentas oficiales.

René Sánchez Galindo, director general jurídico de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, reconoció el desafío de convertir la nueva ley en un sistema funcional. Con el tiempo se elaborarán reglamentos para productos y materiales específicos, cada uno con sus propias cadenas de suministro, mercados y consecuencias ambientales.

“Tenemos que analizar que las medidas sean viables para todos: para el sector industrial, para los consumidores y para los recicladores de base”, dijo. “Tiene que haber una, le llamamos nosotros, viabilidad económica”.

(Foto:Tracy L. Barnett)

Iztapalapa espera ayudar a dar forma a ese proceso y convertirse en un laboratorio de pruebas.

La alcaldía recolecta alrededor de 2,200 toneladas de residuos cada día. Cuando la actual administración asumió el gobierno, apenas entre el 2% y el 3% se separaba en orgánicos e inorgánicos, según Alfonso González May, director general de Servicios Urbanos. Esa proporción ha aumentado al 8%, y ya se realiza una separación efectiva en 37 rutas de recolección.

El 8% quizá no parezca impresionante. González May insistió en que precisamente ahí radicaba su valor.

“Este 8% ha sido a pulso, con diversas estrategias”, dijo. Su dependencia, agregó, no quería presentar a la alcaldesa cifras espectaculares que no tuvieran nada que ver con la realidad.

La alcaldía también amplió un programa que recogía muebles, electrodomésticos y desechos domésticos una vez por semana hasta convertirlo en seis jornadas de triques semanales. La idea es evitar que estos objetos terminen en tiraderos clandestinos y permitir que los materiales recuperables y los artículos reparables vuelvan a tener un uso productivo.

La Ciudad de México ya convierte aceite de cocina usado en biocombustible en una planta ubicada en la Central de Abasto de Iztapalapa. Ahora, la alcaldía está ampliando la recolección mediante mercados públicos, oficinas gubernamentales y, con el tiempo, las cuadrillas municipales de recolección, para evitar que el aceite termine en el drenaje, donde contribuye a obstrucciones e inundaciones.

Mientras tanto, la Dirección General de Desarrollo Sustentable de Iztapalapa ha identificado más de 500 emprendimientos locales que participan en algún aspecto de la economía circular: talleres de reparación de celulares y electrodomésticos, zapateros, tapiceros, carpinteros, productores de composta y artesanos que transforman ropa, cartón, madera y plástico desechados.

(Foto:Tracy L. Barnett)

Mediante el programa Soldando Iztapalapa, jóvenes reciben capacitación en soldadura mientras reparan mobiliario escolar dañado. Ya se han restaurado más de 10,000 pupitres: 10,000 objetos que no ingresaron al flujo de residuos, mientras los jóvenes adquieren habilidades útiles y prestan un servicio a sus comunidades.

La alcaldía también opera un punto público de reciclaje fuera del centro cultural, talleres comunitarios de compostaje y un programa de ecocanje que intercambia plásticos reciclables por productos de la canasta básica y verduras cultivadas en invernaderos y huertos comunitarios locales. Además, se proyecta una nueva planta de compostaje que procesará residuos orgánicos mediante larvas de mosca soldado negra.

Son avances pequeños frente a la magnitud de la crisis de residuos en México. Pero representan algo que suele faltar en los grandes planes ambientales: experimentos arraigados en la realidad cotidiana de un lugar y de su gente.

Después de las presentaciones, los participantes del foro se dividieron en cinco grupos organizados por material: PET, otros plásticos, papel y cartón, metales y electrónicos. Los recicladores se sentaron junto a representantes empresariales, académicos, activistas y funcionarios para hablar de seguridad social, incorporación al sistema tributario, capacitación y acuerdos de compra directa con la industria.

Las barreras casi infranqueables para obtener permisos y formalizarse surgieron una y otra vez. Aun así, la mayoría de los grupos logró encontrar puntos en común y proponer posibles caminos a seguir.

La mesa de metales fue la gran excepción.

La facilitó Adelita San Vicente, legendaria defensora del maíz nativo y de las semillas de México. Intentó encaminar la conversación hacia soluciones, pero los representantes de la industria automotriz —los principales compradores de esos materiales— respondieron con una objeción tras otra. Insistían, entre otras cosas, en una tasa impositiva del 0%. Finalmente, hasta Adelita se dio por vencida.

“Tiburones”, dijo después.

La advertencia de Mella había encontrado su ilustración.

Cuando terminó el foro, un grupo más pequeño siguió a Arnold hasta un terreno junto al centro cultural. No mucho tiempo atrás había sido un tiradero abandonado, cubierto de escombros y basura. Arnold y sus colaboradores habían retirado los residuos, llevado varios camiones de composta y sembrado el espacio con especies nativas y medicinales.

Ahora era un jardín exuberante.

(Foto:Tracy L. Barnett)

Arnold nos guió entre las plantas mientras relataba la lenta transformación. A nuestro alrededor crecían hierbas, flores y plantas nativas jóvenes donde antes se acumulaban los escombros. El aroma cítrico del toronjil se elevaba en el aire de la tarde. Mientras Arnold hablaba, varias personas comenzaron a cortar brazadas de la fragante planta medicinal para llevárselas a casa.

Era apenas un terreno recuperado en una alcaldía de casi 2 millones de habitantes, y nadie lo confundía con una solución a la crisis de residuos de la Ciudad de México.

(Foto:Tracy L. Barnett)

Pero de pie allí, respirando el aroma de las plantas medicinales que crecían en un suelo reconstruido con composta, era posible ver el principio que había estado en el centro de las conversaciones de aquel día: aquello que una sociedad desecha puede volver a tener valor.

Y eso debe incluir no solo los materiales descartados, sino también a las personas cuyo conocimiento y trabajo los han mantenido en circulación desde siempre.

Como dicen Mella y su movimiento: “Reciclaje sin reciclador es basura”.

(Foto:Tracy L. Barnett)

Tracy L. Barnett

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